El cine es de aquellas industrias culturales, y por ende creativas, que sigue apasionando las mentes de nuestros maestros y nuestros estudiantes. Los universitarios, entre otras poblaciones, continúan acudiendo a él para encontrar metáforas y representaciones de una realidad que cada vez se hace más incierta, más líquida, más inasible. Y quizás el México de hoy, tan sitiado por el narcotráfico, por las pandemias, por los cambios políticos, por los desastres, por la evolución de una cultura que todavía queremos descifrar, tiene la necesidad de acudir al arte para vislumbrar derroteros en su devenir.
La posmodernidad se ha convertido en parte del discurso actual. Ser posmoderno es creer en la multiculturalidad con todas sus ventajas y desventajas. Pero también es, y esto tal vez es su característica más conocida, dejar de creer en los metarrelatos que vienen de la religión, de las tradicionales utopías sociales y políticas, de las rígidas normativas jurídicas, culturales, éticas, estéticas y hasta de los comportamientos económicos de dudosa racionalidad.